Carta a un cobarde II

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Hacía mucho tiempo que no me atrevía a decirte las verdades a la cara y por eso quiero preguntarte ¿sigues sin atreverte? ¿Sin lanzarte aun sabiendo que puede doler?

Mira, no soy quizás la más valiente del mundo querido cobarde pero si algo he aprendido en este tiempo es que vida solo hay una, que luego nos arrepentimos de no luchar.

Que cuando seas mayor, justo antes de desaparecer, se pasan todos nuestros recuerdos cuales estrellas fugaces y también todo lo que nunca llegamos a hacer.

Ese beso que no dimos por vergüenza, ese abrazo que nunca llegó, el perdón que nunca salió de nuestra boca por miedo a que nos vieran débiles o el viaje ese que nos prometimos hacer y de que no hay rastro.

Solo valoramos cuando perdemos pero creo que ya es hora de empezar a hacerlo cuando lo tengamos con nosotros.

Si te soy sincera yo me he dejado muchas cosas en el tintero que ahora no dudaría por hacer ni un segundo.

¿Y sabes por qué? Porque el tiempo vuela y pienso en lo rápido que pasan los años y se me hace un nudo en la garganta.

Después me digo, ‘joder, en un abrir y cerrar de ojos cuánto he vivido… Y me respondo, y más aún que podrías haber vivido y no lo hiciste por cobarde.

Por eso te digo que no soy la indicada pero que yo también me he arrepentido, yo también me he mordido el labio, he dudado, he dado pasos y luego vuelto a retroceder, he dicho no queriendo por dentro decir sí y llorando demasiado por cosas que al final eran ley de vida y ley de jóvenes.

Lánzate aunque puedan romperte el corazón, porque eso no lo sabes, aventúrate aunque pueda salir mal porque eso no lo sabes, porque si solo pensamos en las cosas malas de la vida ¿para qué entonces la estamos viviendo?

Y te digo por qué: porque en lo más profundo de nosotros nos morimos por disfrutar, queremos adrenalina, fallar, incertidumbre, experiencias….

Es como quien tiene miedo escénico y sale a un escenario. Todo le tiembla pero quiere superarlo, y lo hace, aunque lo haga mal, peor o mejor pero lo hace.

Pues vivir es lo mismo: coger la moto sin frenos y atrevernos a parar aun sabiendo que caeremos al suelo.

Y si fallamos ¿qué pasa? ¿y si sale mal qué ocurre?

Nada. Porque de todo aprendemos y eso es lo más enriquecedor, que hasta de las peores historias pueden salir grandes moralejas.

Querido cobarde, querida cobarde… ¿cuándo dejarás de serlo? Ya es hora

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